sei
eu já vi
poema
não compra pão
não faz arruma casa
não descola viagem
não empurra carro sem arranco
eu sei
já vi
mas os poemas
estão lá
como para dizer aos homens
que os seres estão lá
as sereias
os anjos
os hamas
os carmas
os sonhos.
eu sei
os poemas
não resolvem equações diferenciais parciais
não levam astronautas para lua ou mesmo para luanda
os poemas
não dizem
nada
eles apenas transpiram.
os poemas não pagam conta de luz
não trazem ninguém do inferno ou de bagdá
os poemas, eles estão lá soltos
para dizer
que ainda existe baleias ou beija-flores
dizem sobre seres transmutados
que desceram na terra
e são chamados de homens
que tudo é possível
inclusive escrever poemas.
mardônio frança
sexta-feira, 4 de maio de 2012
A morte do jangadeiro, por Padre Antônio Thomaz
Ao
sopro do terral abrindo a vela,
Na esteira azul das águas arrastada,
Segue veloz a intrépida jangada
Entre os uivos do mar que se encapela.
Prudente, o jangadeiro se acautela
Contra os mil acidentes da jornada;
Fazem-lhe, entanto, guerra encarniçada
O vento, a chuva, os raios, a procela.
Súbito, um raio o prostra e, furioso,
Da jangada o despeja na água escura;
E, em brancos véus de espuma, o desditoso.
Envolve e traga a onda intumescida,
Dando-lhe, assim, mortalha e sepultura
O mesmo mar que o pão lhe dera em vida.
Na esteira azul das águas arrastada,
Segue veloz a intrépida jangada
Entre os uivos do mar que se encapela.
Prudente, o jangadeiro se acautela
Contra os mil acidentes da jornada;
Fazem-lhe, entanto, guerra encarniçada
O vento, a chuva, os raios, a procela.
Súbito, um raio o prostra e, furioso,
Da jangada o despeja na água escura;
E, em brancos véus de espuma, o desditoso.
Envolve e traga a onda intumescida,
Dando-lhe, assim, mortalha e sepultura
O mesmo mar que o pão lhe dera em vida.
I. por Giobanna Buenahora Molina.
de pie,
junto a la puerta,
él la observa,
ella
continua remendando las medias grises del hijo menor
concentrada en sellar el orificio con hilo rojo
no se percata de la danza de voces
ha taponado sus oídos con cera
la nada se anuncia
él,
frente a ella,
tiembla las manos en su cuerpo
ella,
limpia las tijeras con las medias del hijo,
en su garganta un jugo de tamarindo aplaca el calor,
se dispone a terminar la mantilla
desde sus ojos
él calla
junto a la puerta,
él la observa,
ella
continua remendando las medias grises del hijo menor
concentrada en sellar el orificio con hilo rojo
no se percata de la danza de voces
ha taponado sus oídos con cera
la nada se anuncia
él,
frente a ella,
tiembla las manos en su cuerpo
ella,
limpia las tijeras con las medias del hijo,
en su garganta un jugo de tamarindo aplaca el calor,
se dispone a terminar la mantilla
desde sus ojos
él calla
II.
suelo bañarme todos los días
aunque algunos opinen lo contrario
suelo vestirme y salir a la calle
temerosa y poco dispuesta
debo reconocerlo
no soy muy diestra en estos asuntos
aún pesa la terquedad de mi madre
en mis débiles decisiones
me arrojo a la calle
para redimir las culpas,
acostumbrarme al sol en mi frente,
para hacer mío el miedo de encontrarme sola
y saber
que soy una mujer triste
aunque algunos opinen lo contrario
suelo vestirme y salir a la calle
temerosa y poco dispuesta
debo reconocerlo
no soy muy diestra en estos asuntos
aún pesa la terquedad de mi madre
en mis débiles decisiones
me arrojo a la calle
para redimir las culpas,
acostumbrarme al sol en mi frente,
para hacer mío el miedo de encontrarme sola
y saber
que soy una mujer triste
III. Palabras para el desencanto
“y pudiendo hacer tanto
se atrevieron a hacer tan poco” (Albert Camus)
el sillón azul de la sala
agradecerá a partir de hoy
no soportar el peso
de tus innombrables represiones
descansará de ti un tiempo prudencial
mientras me convierto en tu extraña
en la amiga del beso en la mejilla
en la conocida del pasillo
que no te mira a los ojos
ni deja su mano en la tuya
hoy,
cuando te acuestes
y veas desde tu cama algún partido de fútbol
seré la imagen de estampa de algún santo
(sin oración, sin velas, sin altar)
mañana, al medio día
volverás a ocuparte de mi,
a la salida del restaurante,
cuando nadie te ofrezca la cajita de chicle
y cinco minutos de libertad
se atrevieron a hacer tan poco” (Albert Camus)
el sillón azul de la sala
agradecerá a partir de hoy
no soportar el peso
de tus innombrables represiones
descansará de ti un tiempo prudencial
mientras me convierto en tu extraña
en la amiga del beso en la mejilla
en la conocida del pasillo
que no te mira a los ojos
ni deja su mano en la tuya
hoy,
cuando te acuestes
y veas desde tu cama algún partido de fútbol
seré la imagen de estampa de algún santo
(sin oración, sin velas, sin altar)
mañana, al medio día
volverás a ocuparte de mi,
a la salida del restaurante,
cuando nadie te ofrezca la cajita de chicle
y cinco minutos de libertad
IV.
He esperado
tu descenso a estas tierras oscuras
donde el ángel lacero su cuerpo
en el anunciamiento de la llama
Extendidas las vísceras en perfecto orden
de ofrecimiento por tu luz, por tu aliento
desgarrado mi rostro frente al espejo
en el borde
los gusanos danzan ante tus ojos
el viento recrea los olores de mi carne
envuelve al ángel
y
tiembla
la luz se hace sombra
ante tu presencia
tu descenso a estas tierras oscuras
donde el ángel lacero su cuerpo
en el anunciamiento de la llama
Extendidas las vísceras en perfecto orden
de ofrecimiento por tu luz, por tu aliento
desgarrado mi rostro frente al espejo
en el borde
los gusanos danzan ante tus ojos
el viento recrea los olores de mi carne
envuelve al ángel
y
tiembla
la luz se hace sombra
ante tu presencia
V. El olor de los Samanes.
Para Camila
Una vez estuve en la línea
seguí los pasos de su sangre
fresca, espesa
olía a café toda mi casa
en la celebrada cavidad
ella
descubrió el amarillo color de mi vientre
en el borde de la línea
colonizó
la memoria de mis muertos
Giobanna Buenahora Molina.
Una vez estuve en la línea
seguí los pasos de su sangre
fresca, espesa
olía a café toda mi casa
en la celebrada cavidad
ella
descubrió el amarillo color de mi vientre
en el borde de la línea
colonizó
la memoria de mis muertos
Giobanna Buenahora Molina.
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